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    ...espejos... Eduardo Galeano

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    ...adelanto del libro de Eduardo Galeano, "Espejos",
     y su pluma como testimonio irrenunciable.




    El héroe

    ¿Cómo hubiera sido la guerra de Troya contada desde el punto de vista de un soldado anónimo?
    ¿Un griego de a pie, ignorado por los dioses y deseado no más que por los buitres que sobrevuelan las batallas?
    ¿Un campesino metido a guerrero, cantado por nadie, por nadie esculpido?
    ¿Un hombre cualquiera, obligado a matar y sin el menor interés de morir por los ojos de Helena?

    ¿Habría presentido ese soldado lo que Eurípides confirmó después?
    ¿Que Helena nunca estuvo en Troya, que sólo su sombra estuvo allí?
    ¿Que diez años de matanzas ocurrieron por una túnica vacía?
    Y si ese soldado sobrevivió, ¿qué recordó?


    Quién sabe.

    Quizás el olor. El olor del dolor, y simplemente eso.
    Tres mil años después de la caída de Troya,
     los corresponsales de guerra Robert Fisk y Fran Sevilla nos cuentan que las guerras huelen.
    Ellos han estado en varias, las han sufrido por dentro, y conocen ese olor de podredumbre,
    caliente, dulce, pegajoso, que se te mete por todos los poros y se te instala en el cuerpo.
    Es una náusea que jamás te abandonará.


    Americanos


    Cuenta la historia oficial que Vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio,
    desde una cumbre de Panamá, los dos océanos.
    Los que allí vivían, ¿eran ciegos?

    ¿Quiénes pusieron sus primeros nombres al maíz y a la papa y al tomate y al chocolate
    y a las montañas y a los ríos de América?
    ¿Hernán Cortés, Francisco Pizarro?
    Los que allí vivían, ¿eran mudos?

    Lo escucharon los peregrinos del Mayflower: Dios decía que América era la Tierra Prometida.
    Los que allí vivían, ¿eran sordos?

    Después, los nietos de aquellos peregrinos del norte se apoderaron del nombre y de todo lo demás.
    Ahora, americanos son ellos.
    Los que vivimos en las otras Américas, ¿qué somos?


    Fundación de las desapariciones

    Miles de muertos sin sepultura deambulan por la pampa argentina.
    Son los desaparecidos de la última dictadura militar.
    La dictadura del general Videla aplicó en escala jamás vista la desaparición como arma de guerra.
    La aplicó, pero no la inventó.
    Un siglo antes, el general Roca había utilizado contra los indios esta obra maestra de la crueldad,
    que obliga a cada muerto a morir varias veces
     y que condena a sus queridos a volverse locos persiguiendo su sombra fugitiva.

    En la Argentina, como en toda América, los indios fueron los primeros desaparecidos.
    Desaparecieron antes de aparecer.
    El general Roca llamó conquista del desierto a su invasión de las tierras indígenas.
    La Patagonia era un espacio vacío, un reino de la nada, habitado por nadie.
    Y los indios siguieron desapareciendo después.

    Los que se sometieron y renunciaron a la tierra y a todo,
    fueron llamados indios reducidos: reducidos hasta desaparecer.
    Y los que no se sometieron y fueron vencidos a balazos y sablazos,
    desaparecieron convertidos en números, muertos sin nombre, en los partes militares.
    Y sus hijos desaparecieron también: repartidos como botín de guerra,
    llamados con otros nombres, vaciados de memoria, esclavitos de los asesinos de sus padres.


    Padre ausente

    Robert Carter fue enterrado en el jardín.
    En su testamento, había pedido descansar bajo un árbol de sombra, durmiendo en paz y en oscuridad.
    Ninguna piedra, ninguna inscripción.
    Este patricio de Virginia fue uno de los más ricos, quizás el más,
    entre todos aquellos prósperos propietarios que se independizaron de Inglaterra.

    Aunque algunos padres fundadores de Estados Unidos tenían mala opinión de la esclavitud,
    ninguno liberó a sus esclavos.
    Carter fue el único que desencadenó a sus cuatrocientos cincuenta negros
    para dejarlos vivir y trabajar según su propia voluntad y placer.
    Los liberó gradualmente, cuidando de que ninguno fuera arrojado al desamparo,
    setenta años antes de que Abraham Lincoln decretara la abolición.

    Esta locura lo condenó a la soledad y al olvido.
    Lo dejaron solo sus vecinos, sus amigos y sus parientes,
    todos convencidos de que los negros libres amenazaban la seguridad personal y nacional.

    Después, la amnesia colectiva fue la recompensa de sus actos.


    La Justicia ve

    La historia oficial de Brasil sigue llamando inconfidencias, deslealtades,
    a los primeros alzamientos por la independencia nacional.
    Antes de que el príncipe portugués se convirtiera en emperador brasileño,
    hubo varias tentativas patrióticas.
    Las más importantes fueron las de Minas Gerais y Bahía.

    El único protagonista de la Inconfidencia mineira que fue ahorcado y descuartizado, Tiradentes,
    el sacamuelas, era un militar de baja graduación.
    Los demás conspiradores, señores de la alta sociedad minera
    hartos de pagar impuestos coloniales, fueron indultados.
    Al fin de la Inconfidencia bahiana, el poder colonial indultó a todos,
    con cuatro excepciones: Manoel Lira, João do Nascimento, Luis Gonzaga
    y Lucas Dantas fueron ahorcados y descuartizados.

    Los cuatro eran negros, hijos o nietos de esclavos.
    Hay quienes creen que la Justicia es ciega.


    Olympia

    Son femeninos los símbolos de la revolución francesa,
    mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.

    Pero la revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano,
    y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges
    propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana,
    la guillotina le cortó la cabeza.

    Al pie del cadalso, Olympia preguntó:
    –Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina,
    ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?
    No podían. No podían hablar, no podían votar.

    Las compañeras de lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio.
    Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland.
    Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó.
    La condenaron por su antinatural tendencia a la actividad política.
     
    Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes,
    y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de estado.
     
    Y la guillotina volvió a caer.


    Los invisibles

    En 1869, el canal de Suez hizo posible la navegación entre dos mares.
    Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto,
    que el pachá Said y sus herederos
     vendieron el canal a los franceses y a los ingleses a cambio de poco o nada,
    que Giuseppe Verdi compuso la ópera Aída para que fuera cantada en la inauguración
    y que noventa años después, al cabo de una larga y dolida pelea,
    el presidente Gamal Abdel Nasser logró que el canal fuera egipcio.

    ¿Quién recuerda a los ciento veinte mil presidiarios y campesinos, condenados a trabajos forzados,
    que construyendo el canal cayeron asesinados por el hambre, la fatiga y el cólera?


    En 1914, el canal de Panamá abrió un tajo entre dos océanos.
    Sabemos que Ferdinand de Lesseps fue autor del proyecto,
    que la empresa constructora quebró,
    en uno de los más sonados escándalos de la historia de Francia,
    que el presidente de Estados Unidos, Teddy Roosevelt,
    se apoderó del canal y de Panamá y de todo lo que encontró en el camino,
    y que sesenta años después, al cabo de una larga y dolida pelea,
    el presidente Omar Torrijos logró que el canal fuera panameño.

    ¿Quién recuerda a los obreros antillanos, hindúes y chinos que cayeron construyéndolo?
    Por cada kilómetro murieron setecientos, asesinados por el hambre, la fatiga, la fiebre amarilla y la malaria.



    Las invisibles

    Mandaba la tradición que los ombligos de las recién nacidas fueran enterrados bajo la ceniza de la cocina,
    para que temprano aprendieran cuál es el lugar de la mujer, y que de allí no se sale.

    Cuando estalló la revolución mexicana, muchas salieron, pero llevando la cocina a cuestas.
    Por las buenas o por las malas, por secuestro o por ganas, siguieron a los hombres de batalla en batalla.
    Llevaban el bebé prendido a la teta y a la espalda las ollas y las cazuelas.

    Y las municiones: ellas se ocupaban de que no faltaran tortillas en las bocas ni balas en los fusiles.
    Y cuando el hombre caía, empuñaban el arma.

    En los trenes, los hombres y los caballos ocupaban los vagones.
    Ellas viajaban en los techos, rogando a Dios que no lloviera.

    Sin ellas, soldaderas, cucarachas, adelitas, vivanderas, galletas, juanas, pelonas, guachas,
    esa revolución no hubiera existido.
    A ninguna se le pagó pensión.


    (Capítulos del libro Espejos/ Una historia casi universal, de Eduardo Galeano, que pronto estará en librerías)

    * Fuente: Rebelión / La jornada / AN / Google I. /


    Publicado por El Equipo para NotiAnza el 3/31/2008

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    ... un arriero solitario...


    ...
      ...

    Por el camino del indio
    y el ánima de Don Ata
    en su alazán montado
    lo vio pasar la vidala
    el aire del cerro
    las flores del valle
    se le enredan en el alma
    ay ay ay a Don Ata.

    Una luna tucumana
    que alumbra piedra y camino
    y junto a la pobrecita
    lo lloran montes y ríos
    por Tafí Del Valle
    campos de acheral
    también por la Banda y Lules
    igual por Amaichá.

    La criollita santiagueña
    para aliviarla del frío
    le teje un poncho pampa
    al payador perseguido
    allá por Barrancas
    y por Salavina
    la humilde con la vidala
    le busca guarida.

    Ahí anda Don Atahualpa
    por los caminos del mundo
    por una copla por lanza
    marcando los cuatro rumbos
    que Dios lo bendiga
    lo tenga en la gloria
    por tantos recuerdos lindos
    y por su memoria.

    Un arriero solitario
    pasó por Altamirano
    con un silbo nostalgioso
    en busca de sus hermanos
    arriando sus penas
    por no encontrarlo
    se fue yendo despacito
    del pago entrerriano.

    Se viene aclarando el día
    por el Cerro Colorado
    y en las esquinas del churqui
    se estrella un rayo cortado
    despierta la añera
    por la gulchaqueña
    San Francisco del Chañar
    y también Santa Elena.

    Un aire de Buenos Aires
    le dio su canto de viento
    y se durmió en una huella
    en un estilo sin tiempo
    allá en Pergamino
    tal vez Santa Rosa
    lo llora toda La Pampa
    en una bordona.

    A don Ata
    Mario Alvarez Quiroga



    Yo tengo tantos Hermanos (Homenaje a Atahualpa Yupanqui)

    Imagen
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    Performer: Varios Interpretes
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    01 - Romance de la luna tucumana [M. Sosa - P. Aznar]
    02 - La guitarra [León Gieco]
    03 - El adiós [Víctor Heredia]
    04 - Tierra mía [Víctor Manuel]
    05 - Violín del monte [Peteco Carabajal]
    06 - El río [Alberto Cortéz]
    07 - Retorno a Villa Dolores [Jairo]
    08 - En el patio de mi casa [Luis Ed. Aute]
    09 - Indio [Teresa Parodi]
    10 - Vientito de Tucumán [Divididos]
    11 - La zamba [Alejandro Lerner]
    12 - Soledad [Pedro Aznar]
    13 - A Don Julio Jerez [Eduardo Falú]
    14 - Coplas del prisionero [Piero]
    15 - La añera - Los ejes de mi carreta [Lito Vitale]

    ------------------------------------------------------------------------------
    Tamaño: 57 Mb.
    Formato: mp3
    Calidad : 128 Kbps.
    Pass winrar : jariz

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    Publicado por Jariz

    ... la felicidad perfecta... yo no la quiero...


    "La felicidad perfecta es

    la ausencia de su búsqueda."


    Chuang-Tse





    "Estoy leyendo una novela de Luise Erdrich.

    A cierta altura, un bisabuelo encuentra a su bisnieto.

    El bisabuelo está completamente chocho (sus pensamientos tienen el color del agua)
    y sonríe con la misma beatífica sonrisa de su bisnieto recién nacido.
    El bisabuelo es feliz porque ha perdido la memoria que tenía.
    El bisnieto es feliz porque no tiene, todavía, ninguna memoria.

    He aquí, pienso, la felicidad perfecta. Yo no la quiero."

    de Eduardo Galeano
    en El libro de los Abrazos

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    VIDEOS caso Juan Gerardi -  GUATEMALA

    http://farm4.static.flickr.com/3217/2707673937_249eaf5ee0_m.jpg
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    Las hormigas

    Tracey Hill era una niña de un pueblo de Connecticut,
    y practicaba entretenimientos propios de su edad,
    como cualquier otro tierno angelito de Dios en el estado de Connecticut
    o en cualquier otro lugar de este planeta.
    Un día, junto a sus compañeritos de la escuela,
    Tracey se puso a echar fósforos encendidos en un hormiguero.
    Todos disfrutaron mucho de este sano esparcimiento infantil;
    pero a Tracey la impresionó algo que los demás no vieron,
     o hicieron como que no veían,
    pero que a ella la paralizó y le dejó,
    para siempre, una señal en la memoria:
     ante el fuego, ante el peligro, las hormigas se separaban en parejas,
    y de a dos, bien juntas, bien pegaditas, esperaban la muerte.  

    Eduardo Galeano



    http://img278.echo.cx/img278/8144/materiamuerta04webf9bv.jpg


    ...no, no... no estoy llorando...

    ...
     
    ...

    ......que también podría llamarse: "Los primeros ladrones"

    ...
       
    EL DESCUBRIMIENTO ...

    ...
    1. EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
    … que también podría llamarse “Los primeros ladrones”. [descargar audio]


     

    http://4.bp.blogspot.com/_tTFdYezGXMQ/SPP7x-hrStI/AAAAAAAAA0E/o47kWKYhmtE/s320/colon3.jpg

    1


    EL DESCUBRIMIENTO

    DE AMERICA


    ...que también podría llamarse

    "Los primeros ladrones"


    MARINERO —¡¡Tierra!! ¡Tierra a la vista!

    LOCUTOR —En la feliz madrugada del día 12 de octubre de 1492, el joven marinero español Rodrigo de Triana, desde el alto mástil de La Pinta, divisó por vez primera las tierras de América.

    ¡Amanecer de un nuevo mundo! ¡Fecha memorable en que se unieron en un abrazo de razas las dos mitades del planeta: España y América, América y España! ¡Celebramos el ciento quintenario, perdón, el quinto centenario de aquella epopeya de valientes, forjadores de la historia!

    VECINA —¡Qué hombres aquellos! ¡Qué mollejas tenían! Ese Colón, mira que atreverse a venir de allá para acá montado en un barquito!

    ABUELO —¡Chsst! ¡Cállese y deje oír, señora!

    COLON —Os agradezco, Señor, por haberme librado de las acechanzas del viento y del mar. Vuestra mano poderosa me ha conducido sano y salvo hasta estas lejanas tierras. ¡Gracias os doy, Señor! ¡Todos los libros de historia mencionarán mi nombre y hablarán de este momento!

    MARINERO —¡Tierraaa...!!

    VECINA —¡Qué momento, señores, qué momento! ¿Qué sentiría don Cristóbal cuando ya iba a poner la pata en tierra?

    ABUELO —Yo siempre digo que la historia del mundo se divide en dos: antes de Colón y después de Colón.

    LOCUTOR —El almirante Cristóbal Colón cae de rodillas, besa el suelo de América, alza el estandarte español y, clavando la cruz en tierra, exclama:

    COLON —¡En nombre de Dios y en nombre de sus Católicas Majestades, la Reina Isabel y el Rey Fernando, tomo posesión de esta tierra que he descubierto y de todas las tierras que en lo sucesivo descubriré!


    VECINA —A mi se me ponen los pelos de punta cuando oigo estas cosas!

    ¡Qué grande fue el descubrimiento de América!

    COMPADRE —Y lo más grande, ¿sabe qué fue, señora? Que Colón llegó aquí por carambola.

    VECINA —¿Cómo que por carambola?

    COMPADRE —Sí, por pura casualidad. El creía que había llegado a Asia, a la India, por el otro lado del mundo, navegando en la dirección del sol. Y todavía se murió creyendo que aquella islita del Caribe, y Venezuela, y Cuba, eran parte del Japón.

    ABUELO —¡Pues bendito error porque gracias a eso, nos descubrió!

    COMPADRE —Bueno, señor, ya nosotros estábamos descubiertos por nosotros mismos, ¿no le parece?

    VECINA —Oiga, ¿y qué es lo que andaba buscando Colón tan lejos? ¿Para qué quería ir hasta el Japón?

    COMPADRE —Pimienta, nuez moscada, clavo de olor, jengibre, canela... Aunque parezca mentira, lo que venía buscando Colón era eso. La pimienta y la canela se usaban en aquel tiempo para conservar la carne. Claro, la mayoría de la gente no las necesitaba porque no comía carne. Eran los reyes, los ricos, los que andaban detrás de esos condimentos. Una bolsa de pimienta valía entonces más que la vida de un hombre. Y como había tan poca, estaba carísima.

    MERCADER

    ITALIANO —¿Carísima? ¡Oh, no!, ¿cómo será posible que la sua majestá, la reina Isabel de España, dica questa cosa?

    Pruebe, pruebe... ¡Pimienta negra traída de la India, del más remotísimo oriente!

    REINA

    ESPAÑOLA —Y cobrada al más altísimo precio. Vosotros, los mercaderes de Venecia, estáis estrangulando a todas las cortes de Europa!

    MERCADER —¡Mama mía! ¡Estrangulando! No, majestá, lo que estamos es adornando con collares de perlas los pescuezos de las reinas, y sazonando los almuerzos de los príncipes! Má, olvide agora la pimienta y mire questa pochelana china... ¡belísima! ¿Y questa alfombra de Persia? ¡Delicadísima!


    COMPADRE —No era sólo la reina Isabel de España. Todos los reinos de Europa andaban alborotados buscando una nueva ruta hacia la India, hacia el Japón. Allá se conseguían todos esos lujos. Pero el negocio lo controlaban los comerciantes italianos.

    Portugal se lanzó por el mar, bordeando África, para llegar a aquellos países. Y España le pagó el viaje a Colón para ver si encontraba un camino más rápido por el otro lado. Ese era el problema: que los reyes y las reinas necesitaban condimentos para sus banquetes. También necesitaban oro y plata para pagar a los comerciantes que les traían los condimentos. Y que les traían, además, joyas, alfombras y sedas para sus palacios.

    Cuando Colón llegó a América, pimienta no encontró. Pero encontró indios y...


    COLON —¿De dónde viene ese oro que lleváis colgado en las narices y en las orejas, eh? ¿Que de dónde viene, digo? ¿Japón? ¿Esto es Japón? ¿O la China? ¿A dónde he llegado yo? ¿Y con vosotros, qué pasa, sois mudos? No, no me ofrezcáis pajaritos de colores, para qué los quiero. El oro... ¿de dónde lo sacasteis? ¿De dónde?

    COMPADRE —Y como buen comerciante, Colón no perdió la oportunidad. Ahí mismito les cambió a los indios sus adornos de oro por pedazos de vidrio, espejitos, chucherías que traían los marineros. Y cuando se supo en España el resultado de la aventura de Colón...

    ESPAÑOL —¡Tenía razón el almirante, la tierra es redonda!

    OTRO ¡Redonda, pero no como un huevo! ¡Sino como un doblón de oro!

    COMPADRE Y el grito de Rodrigo de Triana al llegar a América...

    MARINERO ¡¡Tierraaa...!!

    COMPADRE ... se escuchó de manera muy distinta en España...

    MARINERO ¡¡Orooo..!!

    COMPADRE En España y en toda Europa. Porque todo el mundo se enloqueció con el descubrimiento del oro de América. En poco tiempo, la noticia corrió de boca en boca y de puerto en puerto...

    ESPAÑOL —¿Quién dijo oro? ¿Dónde está?

    OTRO —¿Quién viaja conmigo? ¡Necesito 100 hombres audaces! ¡A las Indias, vamos a las Indias! ¡A los valientes ayuda fortuna!


    Era una fiebre de oro. Las tierras vírgenes de América encendían la codicia de los capitanes, de los soldados en harapos, de los presos reclutados en las cárceles de Sevilla. Los comerciantes y los banqueros pagaban los viajes y cobraban la mayor parte del botín. El oro iba a remediar todos los males de Europa. Con el nuevo oro se iban a pagar todas las deudas y a comprar todos los lujos.


    VECINA —Bueno, pero al lado de los que buscaban oro, iban los misioneros que nos predicaban a Cristo y a la Virgen. Valga una cosa por la otra, digo yo.

    ABUELO —Así es, así es, señora. La mejor herencia que nos dejaron aquellos hombres fue la religión verdadera, el catolicismo.

    COMPADRE —Sí, la verdad es que la Iglesia Católica y... y bueno, hasta el mismo Papa tuvo mucho que ver en este asunto de América...


    PAPA —Yo, Alejandro Sexto, sumo Pontífice de la Iglesia por la gracia de Dios, entrego a la cristianísima corona de España todas las tierras que se descubran hacia el occidente. Y a la no menos cristiana corona de Portugal, todas las tierras que se descubran hacia el oriente.


    Y el Papa firmó un documento y cortó el mundo en dos como quien corta un pollo: América para España y África para Portugal. Así lo dispuso el Pontífice Alejandro Sexto en 1493, sólo un año después de llegar Colón a América.


    VECINA —Por lo que veo, ese Papa era muy generoso con lo ajeno.

    ABUELO —Más respeto con el Papa, señora.

    VECINA —Pero, Óigame señor, ¿qué es eso de andar regalando países como el que regala caramelos?

    ABUELO —Bueno, señora, eran otros tiempos...

    COMPADRE —El caso es que el Papa Alejandro Sexto, que por cierto era español, le regaló a España todas las tierras de América para que las evangelizaran. A cambio del evangelio, los españoles podían quedarse con el oro de los indios... y hasta con los indios.

    ¿Saben ustedes cómo hacían los españoles antes de entrar en un poblado indígena? Pues hacían un «requerimiento». Llevaban una especie de notario y delante de él debían leer un discurso. En ese discurso se informaba a los indios que todas sus tierras habían sido regaladas por el Papa a los reyes españoles. Y, por lo tanto, los indios debían obedecer, aceptar la orden del Papa y bautizarse. Eso era lo que se les «requería».

    VECINA ¿Y si los indios no «querían» eso que les «requerían».?

    ESPAÑOL —Si no lo hacéis o tardáis en hacerlo, os certifico que con la ayuda de Dios nosotros entraremos con toda nuestra fuerza contra vosotros y os haremos la guerra por todas partes. Y tomaremos vuestras personas y vuestras mujeres e hijos y los haremos esclavos. Y tomaremos vuestras propiedades y os haremos todos los males y daños que podamos. Y de las muertes y daños que os hagamos, ¡seréis vosotros los culpables y no nosotros!


    VECINA —¡Qué barbaridad, Dios mío! O sea que vienen a mi casa, me roban, me violan, me matan, y encima soy yo la culpable!

    COMPADRE —Así era al principio. Después, para acabar más pronto, el discurso lo leían en latín, sin traducción...

    VECINA —Pero, entonces los indios no entendían nada...

    COMPADRE —Por eso mismo. Lo leían en latín, y a media noche... y a media legua de los caseríos.


    BARTOLOME —Entraban los españoles en los pueblos y no dejaban niños ni viejos ni mujeres preñadas que no desbarrigaran y hacían pedazos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría un indio por medio o le cortaba la cabeza de un tajo. Tomaban las criaturas por las piernas y daban con ellas en las piedras. Hacían unas horcas largas y de trece en trece, en honor de Jesucristo y los doce apóstoles, los quemaban vivos. Para mantener a los perros amaestrados en matar, traían muchos indios en cadenas y los mordían y los destrozaban, y tenían carnicería pública de carne humana, y les echaban los pedazos a los perros... Yo vi todo esto y muchas maneras de crueldad nunca vistas ni leídas...

    ABUELO —¡Basta ya! ¡Usted es un comunista! ¡Y no tolero que usted siga hablando disparates y difamando a aquellos héroes!

    COMPADRE —No los difamo yo. Eso que usted acaba de oír lo escribió el obispo Fray Bartolomé de las Casas en 1552. El vio todas estas cosas con sus propios ojos.

    ABUELO —Otro comunista sería ése...

    COMPADRE —Bueno, el comunismo no se había inventado todavía. Ni la teología de la liberación. Lo que yo hago es contar la historia.

    ABUELO —Usted manipula la historia, que es distinto. ¡Calumnias! A mí me consta que muchos indios se bautizaron.

    VECINA —Más le valía hacerlo, claro...

    COMPADRE —Pues si supiera que tampoco les valía. Porque si se bautizaban ya eran cristianos. Y si eran cristianos, ya eran siervos del rey de España. Y si eran siervos del rey, tenían que entregarle todo el oro como impuestos. Y cuando se acababa el oro, el impuesto lo pagaban trabajando como esclavos para los españoles.

    VECINA —Caray, pero entonces... ¡me matan si no hay bautizo, y si hay bautizo me matan!


    Y los mataban en los ríos de Haití, de Dominicana, en los lavaderos de oro, con el agua a la cintura, moviendo y removiendo la arena del fondo por si traía el polvillo dorado. Miles y miles de indios del Caribe murieron en aquellos trabajos forzados.


    INDIO —Todavía no lo entiendo. Cuando los hombres blancos vinieron por el mar, no les hicimos daño. Llegaron a nuestra tierra y les dimos a comer pan de casabe. Abrimos el bohío para ellos. Luego fue la espada con filo, los colmillos de los perros... y el látigo. Y robar nuestras mujeres. Y al río, a buscar oro, noche y día buscando. Eso sólo querían: oro. ¿Les alcanzarían los cuerpos para tanto adorno? Tanta lágrima fue, tanta tristeza, que le perdimos amor a la vida. Y nos dejamos ahogar en el mismo río. El más abuelo se amarró una piedra al cuello y fue al torrente. Nosotros detrás. Con humo venenoso nos matábamos. Con la amargura de la yuca nos matábamos. Nos ahorcamos con nuestras propias manos. Después quedaron las palmeras solas.


    Se mataron, los mataron, los contagiaron de viruela y sífilis. Los indios no tenían defensas ante las enfermedades nuevas, que no se conocían en América. Así se despobló Cuba, Jamaica, Borinquen, Haití... y todas las islas pequeñas del Caribe.


    PERIODISTA —A la llegada de los españoles, Haití contaba con una población de 500 mil indígenas. Veinte años más tarde, apenas quedaban 30 mil esclavizados por los españoles. 470 mil habían muerto. 50 años más tarde, ya no había un sólo indio para contar lo ocurrido.

    VECINA —¡Cuánto muerto, Virgen santa, cuánto abuso!

    ABUELO —Oiga usted, eso hay que demostrarlo. A ver, ¿de dónde está sacando esos datos? ¡Eso es una exageración!

    COMPADRE —¿Exageración? Creo que me quedé corto. Algunos historiadores hablan de un millón y hasta de 3 millones de indios que vivían en el Caribe. Bastaron muy pocos años para acabar con todos ellos. Y también para acabar con el poco oro que había en los ríos de las islas. Y ahora, ¿qué? ¿Dónde encontrarían más oro los españoles?


    CORTES —¡En tierra firme! ¡En el imperio de los aztecas!


    Hernán Cortés se embarcó hacia México y destruyó la gran ciudad de Tenochtitlán. Lo cuentan las voces de los vencidos.


    MEXICANA —¡Lo recuerdo, no se me borra! ¡Se aturdían las orejas! ¡Venían con truenos, lluvia de fuego, y en venados altos, de hierro!


    En América no se conocían los caballos, ni las armaduras ni la pólvora. Ante el estampido de los cañones y los arcabuces, los indios se espantaban, huían. De nada les servía la flecha ni el escudo de guerra.


    MEXICANA —Con los tesoros del templo, hicieron una gran bola de oro. Y dieron fuego a todo lo demás. Como si fueran monos buscaban el oro, tenían hambre furiosa de oro. Como puercos hambrientos lo deseaban...


    Pero no se saciaban nunca. Fueron hacia el sur. En el Perú, el emperador inca Atahualpa trató de aplacar a Pizarro llenando un cuarto entero de oro y dos de plata. No bastó para salvar su vida ni la del imperio del sol. El español lo degolló y se lanzó sobre el Cuzco a golpes de hacha. Francisco Pizarro, un analfabeto que había sido criador de cerdos, rompió los adornos de las ceremonias sagradas, las joyas antiguas, los dioses, los brazaletes, las diademas de la fiesta... Todo se convirtió en barras de oro español.


    PERUANO —Nada dejaron los recién llegados. Trabajo de años y mano suave, todo rompieron. Nada para alegrar a la madre tierra. Nada donde pueda reflejarse el padre sol.


    Fundieron todo el oro y lo embarcaron hacia España. Pero querían más. Buscaban oro en las lagunas, en las selvas, en el fondo de los volcanes. Buscando oro, llegó Núñez de Balboa al Pacífico y Alvarado a Guatemala. Buscando oro, Pedro de Valdivia atravesó el desierto hasta Chile. Y Lope de Aguirre enloqueció tratando de hallar aquella ciudad de El Dorado que nunca aparecía...


    ABUELO —La conclusión que saco de lo que aquí se ha dicho —si esos datos son ciertos— es que los de allá eran unos grandísimos ladrones. Y los de acá, unos perfectos idiotas.

    VECINA —Ay, no, señor, no hable así de los muertos...

    ABUELO —Pero, señora, cómo es posible que imperios tan grandes se dejaran ganar tan sosamente.

    COMPADRE —No se olvide de la pólvora, de las enfermedades. Y una enfermedad peor que todas: la desunión. Cuando los españoles llegaron, nuestros pueblos estaban muy divididos. Los tlaxcaltecas odiaban a los aztecas, los caribes le hacían la guerra a los taínos, los de Quito contra los del Cusco... Atahualpa y Huáscar eran hermanos. Pero hermanos enemigos. Los españoles aprovecharon estas divisiones y nos traicionamos unos a otros. Yo creo que el mayor error de nuestros abuelos fue ése: estar desunidos frente a los invasores.

    VECINA —¿ Y son esas cosas tan horribles las que celebramos el 12 de octubre, ese que llaman Día de la Raza? ¡Pues vaya una celebración!

    ABUELO —Bueno, señora, celebramos e/ descubrimiento de América.

    COMPADRE —El desangramiento, querrá decir usted.

    VECINA —Y dígalo bien alto. Que si el comienzo fue así, ¡¿cómo será lo que vino detrás?!


    ...visite 500 engaños...
    Adaptación radiofónica de Las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano.
    ¡Bájate la serie completa!







    ...el 02 de octubre... no se olvida...

    http://blogotitlan.com/entry_img/octubre2_Imagen.jpg

    "Tlatelolco: Las claves de la masacre"

    El documental "Tlatelolco: Las claves de la masacre" reune todo el material cinematográfico conocido sobre los sucesos del 2 de Octubre de 1968; identifica a los jefes militares que provocaron la matanza y exhibe documentos fundamentales para poner en evidencia los mecanismos utilizados por las fuerzas represivas y por el gobierno en contra del movimiento estudiantil. "Tlatelolco" es la culminación de una tenaz investigación de 4 años en busca de las claves del operativo militar que dió lugar a la masacre de la Plaza de las Tres Culturas. (México 2005) (Producción: La Jornada y Canal Seis de Julio)


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    Album "Por el tiempo y el espacio" Esteban Monge

    Esteban Monge - Por el tiempo y el espacio

    Por el tiempo y el espacio

    por Esteban Monge
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    "Por el tiempo y el espacio" es mi segunda producción discográfica.  En ésta incluí canciones de mi primer disco, "Verdad infinita", así como canciones nuevas.  "Por el tiempo y el espacio" fue grabado en directo, durante los días 23 y 24 de mayo de 2003, en el Teatro 1887 del Centro Nacional del Arte y la Cultura (CENAC), en San José, Costa Rica. 

    En esa ocasión estuve acompañado por María Pretiz (piano), Roy Coto (bajo), José 'momo' Valverde (percusión) y Jonathan Albuja (flautas).

    La edición y mezcla corrió por cuenta de Carlos "pipo" Chaves y mi persona.

    Además, para que este disco  fuera una realidad, conté con el respaldo del Centro Cultural y de Cooperación para América Central de la Embajada de Francia, de la Alianza Francesa, de HIVOS (agencia de cooperación de los Países Bajos) y de Radio U (emisora de la Universidad de Costa Rica)


    Esteban Monge